viernes, 29 de abril de 2011

El primer vehículo en superar los 100 km/h. La Jamais Contente

Se llamaba Jamais Contente. Y estableció el récord en unos increíbles, para la época, 105,876 km/h.

El piloto era el belga Camille Jenatzy, conocido en inglaterra como "Red Devil", y lo hizo un 29 de abril… de 1899. Y lo hizo con un coche propulsado por dos motores eléctricos situados entre las ruedas traseras.

El vehículo fue construido en una aleación ligera de aluminio, tungsteno y magnesio. Y tenía una novedosa forma de torpedo, aunque la aerodinámica no era su fuerte, habida cuenta de la posición del conductor y el chasis inferior:

Le Jamais Contente, de 1899


Si os interesan las características técnicas del vehículo las podéis consultar en el pdf enlazado. Y tenía este aspecto:



Batió el anterior récord del Conde Gaston de Chasseloup-Laubat que lo había establecido unos meses antes en 92.78 km/.

Si queréis ver en acción al Jamais Contente, y conocer un poco más de su historia, no os perdáis estos vídeos.


Découvrez LA JAMAIS CONTENTE ! por salons-et-foires





Este es el aspecto que tiene hoy día. El vehículo se encuetra expuesto en el museo del automóvil de Compiègne, Francia.



El bueno de Camille Jenatzy murió en diciembre de 1913 víctima de un disparo en un desgraciado accidente de caza.


Hace unos días os contábamos el testimonio de gratitud de un conductor por haber salvado la vida en un accidente de coche en 1911.Y aunque D. Francisco de P. Romañá Suari, con toda seguridad, no conducía el Jamais Contente, podemos hacernos una idea de que la velocidad de los automóviles de la época, y sus características técnicas, podían provocar accidentes mortales.

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Bibliografía:
• La Jamais Contente.
• La Jamais Contente de Camile Jenatzy.
La Jamais Contente, información e historia.
Camile Jenatzy. the Red Devil.
Camile Jenatzy. Historia.

miércoles, 27 de abril de 2011

Dime lo que lees y te diré quién eres

Hallábase Noël Coward, dramaturgo, compositor y actor inglés de cierto éxito en su época, conversando con un amigo tras el escenario de un teatro parisino.

No sabemos sobre qué versaba la conversación pero Cowrad le dijo a su amigo:

- Dime lo que lees y te diré quién eres.

Parafrasear el conocido refrán siempre resulta tentador llegados a un cierto punto de la conversación. Sobre todo, para abundar en los argumentos esgrimidos.

Lo cierto es que andaba por allí Madelaine Ozeray, actriz belga que cultivó tanto el cine como el teatro.
Suponemos que era uno de los miembros del elenco de una de las obras de Coward.

Como quiera que escuchó la conversación anterior tuvo a bien intervenir:

- Yo leo a Shakespeare, a Dante, a Plinio, a Nietzsche, a Spinoza… ¿quién soy?

La respuesta de Coward fue tajante, sarcástica y demoledora:

- Una mentirosa.


Ya saben. Todos tenemos libros que decimos haber leido pero que no hemos leido. Cuidado a quién o delante de quién lo dicen.

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Lo cuenta Gregorio Doval en su "Anecdotario universal de cabecera". Ediciones del Prado. Madrid 2003.

martes, 26 de abril de 2011

Talento informático

Van un físico, un mecánico y un informático en un coche.

De pronto el coche se para y comienza a echar humo.

El físico explica:
- Eso va a ser el coeficiente de fricción de las ruedas, que no sobrepasa el efecto aerodinámico de diseño del vehículo.

El mecánico asegura:
- Esto ha sido la junta de la culata que se ha quemado.

Tras mucho pensar, interviene el informático:
- ¿Por qué no salimos y volvemos a entrar?...

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Saludos a mis amigos informáticos que serguro que ya conocían el chiste. Yo no.
Me lo ha mandado "Duke" por email y prefiere mantenerse en el "economato".

Un poco de humor sencillo después de tanta pena

miércoles, 20 de abril de 2011

Lectura para el día de Viernes Santo. (No apta para "correctos")

Una tarde de verano, y en un jardín de Toledo, me refirió esta singular historia una muchacha muy buena y muy bonita.

Mientras me explicaba el misterio de su forma especial, besaba las hojas y los pistilos que iba arrancando, uno a uno, de la flor que da nombre a esta leyenda.

Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería como a mí me conmovió, la historia de la infeliz Sara.

Ya que esto no es posible, ahí va lo que de esa piadosa tradición se me acuerda en este instante.

En una de las callejas más oscuras y tortuosas de la ciudad imperial, empotrada y casi escondida entre la alta torre morisca de una antigua parroquia mozárabe y los sombríos y blasonados muros de una casa solariega, tenía hace muchos años su habitación raquítica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.

Era este judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza, pero más que ninguno engañador e hipócrita.

Dueño, según los rumores del vulgo, de una inmensa fortuna, veíasele, no obstante, todo el día acurrucado en el sombrío portal de su vivienda, componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos o guarniciones rotas, con las que traía un gran tráfico entre los truhanes de Zocodover, las revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.

Aborrecedor implacable de los cristianos y de cuanto a ellos pudiera pertenecer, jamás pasó junto a un caballero principal o un canónigo de la primada sin quitarse una y hasta diez veces el mugriento bonetillo que cubría su cabeza calva y amarillenta, ni acogió en su tenducho a uno de sus habituales parroquianos sin agobiarlo a fuerza de humildes salutaciones, acompañadas de aduladoras sonrisas.

La sonrisa de Daniel había llegado a hacerse proverbial en todo Toledo, y su mansedumbre, a prueba de las jugarretas más pesadas y las burlas y rechiflas de sus vecinos, no conocían limites.

Inútilmente los muchachos, para desesperarlo, tiraban piedras a su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de armas del próximo palacio pretendían aburrirlo, llamándole con los nombres más injuriosos, o las viejas devotas de la feligresía se santiguaban al pasar por el umbral de su puerta, como si viesen al mismo Lucifer en persona.

Daniel sonreía eternamente, con una sonrisa extraña e indescriptible. Sus labios delgados y hundidos se dilataban a la sombra de su nariz desmesurada y corva como el pico de un aguilucho, y aunque de sus ojos pequeños, redondos y casi ocultos entre las espesas cejas, brotaba una chispa de mal reprimida cólera, seguía impasible golpeando con su martillito de hierro el yunque donde aderezaba las mil baratijas mohosas y, al parecer, sin aplicación alguna, de que se componía su tráfico.

Sobre la puerta de la casucha del judío, y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos.

En la parte de la casa que recibía una dudosa luz por los estrechos vanos de aquel ajimez, único abierto en el musgoso y agrietado paredón de la calleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.

Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras las celosías de su ajimez morisco y a Daniel acurrucado junto a su yunque, exclamaban en alta voz, admirados de las perfecciones de la hebrea:

-¡Parece mentira que tan ruin tronco haya dado tan hermoso vástago!

Porque, en efecto, Sara era un prodigio de belleza. Tenía los ojos grandes y rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila como una estrella en el cielo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos parecían recortados hábilmente de un paño de púrpura por las invisibles manos de un hada. Su tez era blanca, pálida y transparente como el alabastro de la estatua de un sepulcro. Contaba apenas dieciséis años, y ya se veía grabada en su rostro esa dulce tristeza de las inteligencias precoces, y ya hinchaban su seno y se escapaban de su boca esos suspiros que anuncian el vago despertar del deseo.

Los judíos más poderosos de la ciudad, prendados de su maravillosa hermosura, la habían solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible a los homenajes de sus adoradores y a los consejos de su padre, que instaba para que eligiese un compañero antes de quedar sola en el mundo, se mantenía encerrada en un profundo silencio, sin dar más razón de su extraña conducta que el capricho de permanecer libre.

Al fin, un día, cansado de sufrir los desdenes de Sara y sospechando que su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba algún secreto importante, uno de sus adoradores se acercó a Daniel y dijo:

-¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos se murmura de tu hija?

El judío levantó un instante los ojos de su yunque, suspendió su continuo martilleo, y sin mostrar la menor emoción, preguntó a su interpelante:

-¿Y qué dicen de ella?

-Dicen -prosiguió su interlocutor-, dicen... ¡Qué sé yo! Muchas cosas... Entre ellas, que tu hija está enamorada de un cristiano.

Al llegar a este punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para ver el efecto que sus palabras hacían en Daniel.

Daniel levantó de nuevo sus ojos, lo miró un rato fijamente, sin decir palabra, y, bajando otra vez la vista para seguir su interrumpida tarea, exclamó:

-¿Y quién dice que eso no es una calumnia?

-Quien los ha visto conversar más de una vez en esta misma calle, mientras tú asistes al oculto sanedrín de nuestros rabinos -insistió el joven hebreo, admirado de que sus sospechas primero, y después sus afirmaciones, no hiciesen mella en el ánimo de Daniel.

Este, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en el yunque, sobre el que después de dejar a un lado el martillo se ocupaba en bruñir el broche de metal de una guarnición con una pequeña lima, comenzó a hablar en voz baja y entrecortada, como si maquinalmente fuesen repitiendo sus labios las ideas que cruzaban por su mente.

-¡Je, je, je! -decía, riéndose de una manera extraña y diabólica-. ¿Con que a mi Sara, al orgullo de la tribu, al báculo en que se apoya mi vejez, piensa arrebatármela un perro cristiano? ¿Y vosotros creéis que lo hay? ¡Je!, ¡je! -continuaba, siempre hablando para sí y siempre riéndose mientras la lima chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de acero-. ¡Je! ¡Je! Pobre Daniel, dirán los míos, ¡ya chochea! ¿Para qué quiere ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan hermosa y tan joven, si no sabe guardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos?... ¡Je! ¿Crees tú, por ventura, que Daniel duerme? ¿Crees tú, por ventura, que si mi hija tiene un amante..., que bien pudiera ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla, y la seduce, que todo es posible, y proyecta huir con ella, que también es fácil, y huye mañana, por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo humano, crees tú que Daniel se dejara arrebatar su tesoro?... ¿Crees tú que no sabrá vengarse?

-Pero -exclamó interrumpiéndole el joven-, ¿sabéis acaso...?

-Sé -dijo Daniel levantándose y dándole un golpecito en la espalda-, sé más que tú, que nada sabes ni nada sabrías si no hubiese llegado la hora de decirlo todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos para que cuanto antes se reúnan. Esta noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós!

Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente a su interlocutor hacia la calle, recogió sus trebejos muy despacio y comenzó a cerrar con dobles cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla.

El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobres sus premiosos goznes impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías sobre el ajimez, que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar.

Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber asistido a las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al sueño o referían al amor de la lumbre consejas parecidas a las del Cristo de la Luz, que, robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, o la historia del Santo Niño de la Guardia, en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús.

Reinaba en la ciudad un silencio profundo, interrumpido a intervalos, ya por las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del Alcázar, ya por los gemidos del viento, que hacía girar las veletas de las torres o zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo, y sobre las que se asienta la ciudad, vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona a quien, al parecer, aguardaba con impaciencia.

-¡Ella es! -murmuró entre dientes el barquero-. ¡No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos !... ¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden a mi barca, teniendo tan cerca el puente?... No, no irán a nada bueno cuando así evitan toparse de manos a boca con los hombres de armas de San Cervantes, pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros a ganar, y a su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.

Esto diciendo, el buen hombre, sentándose en su barca, aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona a quien al parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó a bogar en dirección a la orilla opuesta.

-¿Cuántos han pasado esta noche? -preguntó Sara al barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose a algo de que ya habían tratado anteriormente.

-Ni los he podido contar -respondió el interpelado: ¡un enjambre! Parece que esta noche será la última que se reúnen.

-¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad a estas horas?

-Lo ignoro...; pero ello es que aguardan a alguien que debe de llegar esta noche. Yo no sé para qué lo aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.

Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando de ordenar sus ideas. «No hay duda -pensaba entre sí-; mi padre ha sorprendido nuestro amor y prepara, alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa dónde van, qué hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderlo.»

Cuando Sara se puso un instante en pie, y como para alejar las horribles dudas que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba a la orilla opuesta.

-Buen hombre -exclamó la hermosa hebrea, arrojando algunas monedas a su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por entre las rocas, ¿es ese el camino que siguen?

-Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del Moro, desaparecen por la izquierda. Después, el diablo y ellos sabrán a dónde se dirigen -respondió el barquero.

Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos minutos se la vio aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas a pico después, y cuando hubo llegado a la cima llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y, por último, desapareció entre las sombras de la noche.

Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo por la Cabeza del Moro, existían aún en aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina, anterior a la conquista de los árabes.

En el atrio, que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre las que yacían, medio ocultas, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles o grotescas o informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos ya y cubiertos de hiedra.

Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero, por último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia.

En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no sonreía; Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde, sino que, antes bien, respirando cólera de sus pequeños y redondos ojos, parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud como él, ávida de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes a los unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumación de la espantosa obra que había estado meditando días y días, mientras golpeaba impasible el yunque de su covacha de Toledo.

Sara, que en favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la mirada.

Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba las sombras de aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacían esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales o afilaban sobre una piedra las puntas de enormes clavos de hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente: recordó que a los de su raza los habían acusado más de una vez de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del Niño Crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir a los hebreos.

Pero ya no le cabía duda alguna; allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos sólo aguardaban a la víctima.

Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo contenerse a la vista de aquel espectáculo y, rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentóse de imprevisto en el umbral del templo.

Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa, y Daniel, dando un paso hacia su hija, en ademán amenazante, le preguntó con voz ronca:

-¿Qué buscas aquí, desdichada?

-Vengo a arrojar sobre vuestras frentes -dijo Sara con voz firme y resuelta- todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre, porque el cristiano a quien aguardáis no vendrá porque yo lo he prevenido de vuestras asechanzas.

-¿Sara! -exclamó el judío, rugiendo de cólera-. Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos hecho traición, hasta el punto de revelar nuestros misteriosos ritos, y si es verdad que los has revelado, tú no eres mi hija...

-No; ya no lo soy; he encontrado otro Padre, un Padre todo amor para los suyos, un Padre a quien vosotros clavasteis en una afrentosa cruz y que murió en ella por redimiros, abriéndonos para una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.

Al oír estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró, como poseído de un espíritu infernal, hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse a los que los rodeaban:

-Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religión y a sus hermanos.

Al día siguiente, cuando las campanas de la catedral asordaban los aires tocando a gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar ballestazos a los Judas de paja, ni más ni menos que como todavía lo hacen en algunas de nuestras poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho, como tenía por costumbre, y con su eterna sonrisa en los labios comenzó a saludar a los que pasaban, sin dejar por eso de golpear en el yunque con su martillito de hierro; pero las celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron a abrirse, ni nadie vio más a la hermosa hebrea recostada en su alféizar de azulejos de colores.

...

Cuentan que algunos años después un pastor trajo al arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador del mundo, flor extraña y misteriosa, que había crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruida iglesia.



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• "La Rosa de Pasión" (Leyenda religiosa). Gustavo Adolfo Bécquer.

No haré más presentaciones. Aunque quizá las merezca. Bueno sí; una:
Ilustración sacada de Bécquer (Gustavo Adolfo)

martes, 19 de abril de 2011

Spanish bombs. Bombas españolas. The Clash

Aquellas Spanish bombs eran muy diferentes de las que ahora estallan en Libia.

Pero la hipocresía es la misma.





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Spanish bombs. The Clash

Érase un hombre a un pito atornillado

Érase un hombre a un pito atornillado,
érase un mascarón superlativo,
érase el propio Falo redivivo
érase un torreón desenvainado,

érase un priaprismo tan osado
que perdiera de vista hasta el ombligo,
un ciprés-surtidor intempestivo,
espolón pertinaz siempre engallado.

No le pidáis ingenio ni prudencia
porque exigirle fuera desvarío
a un Tarzán bien dotado, inteligencia,

o a un King-Kong miramientos y albedrío
que para consolar una impaciencia
hasta un orangután cubre el avío.

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Soneto burlesco a un apolo para necias acaloradas
Amparo Amorós. Quevediana. Mestral libros. Valencia, 1988.


Las Diosas Blancas, de Ramón Buenaventura, fue un notable ejercicio antológico de la poesía joven española escrita por mujeres. Publicado en diciembre de 1985 por ediciones Hiperión, supuso una recopilación de la poesía femenina de aquellos años.

Como suele ocurrir con este tipo de antologías, como también ocurrió a su manera con los nueve novísimos de José María Castellet, sus autoras eran entonces desconocidas.

A día de hoy, algunas han alcanzado prestigio poético, que no popularidad, como Blanca Andréu o Ana Rossetti. Incluso Zoé Valdés tiene un apunte en su blog sobre las Diosas Blancas.

Fue Amparo Amorós una de las Diosas Blancas de Ramón Buenaventura. Acaso la que más me gustó en su momento. Tuve la suerte de cartearme con ella -no había internet entonces-  por un trabajo universitario de crítica literaria. Su amabilidad, disposición y corrección dejaron estupefacto a un ingenuo estudiante al que parecía increíble tratar de tú a tú a autores lejanos e inalcanzables. Lo mismo puedo decir de Blanca Andréu y de Ana Rossetti, con la que llegúe a hablar por teléfono -no había internet- y a la que tuve además la oportunidad de saludar en persona algunos años después en una conferencia.

De la obra poética de Amparo Amorós os recomendamos hoy Quevediana:

"Estos poemas, que desde el título he querido convertir en un homenaje al Quevedo metafísico, desde el Quevedo satírico..., los engendró la irritación y esa última compuerta salvadora que es el sentido del humor para escapar de la hecatombre de lo real."

Toda la obra es un homenaje a Quevedo, como es evidente desde el título, con el soneto como arma arrojadiza.

Y este que les puse de muestra es, además, una excelente parodia de una de las composiciones más famosas de Quevedo.
Una vuelta de tuerca al ingenio quevedesco que tanto hemos alabado, y echado de menos, desde estas líneas.

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La imagen está sacada de La noche del falo indecente.

lunes, 18 de abril de 2011

100 libros de la Literatura Española del siglo XX. Lectura para vacaciones

En el año 2002, Javier Barreiro, Catedrático de Literatura Española, publicó una lista de los 100 libros de la Literatura Española del siglo XX.

Su criterio básico fue el de no repetir autores, por lo que cada autor aparece una única vez, aunque alguno habiera merecido repetir.

"En babia". J.M. Morla, León
Hoy os traigo esa lista por si no sabéis qué leer.

Ya sé que la lista, como todas las listas, puede ser discutible, y que seguramente faltan o sobran algunos nombres y títulos según el criterio de cada uno. Lo que es indudable es que todas son un fiel reflejo de la calidad literaria e intelectual que atesoró el siglo XX español. Algunas son referente indispensable en la historia de la literatura.

Hay obras de narrativa, teratro, poesía, ensayo, antologías... Pero sobre todo hay autores. Si no les gusta la obra propuesta, todos ellos tienen otras, quizá más populares o sencillas, de las que poder disfrutar. El orden es cronológico.

Y si la lista les parece prolija, y andan un poco desorientados, me he permitido poner un "√" en aquellos que les recomiendo encarecidamente. No solo por la obra en sí -no se me asusten-, sino también por el autor.




Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo
Vicente Blasco Ibáñez, Cañas y barro
Manuel Ciges Aparicio, Del cautiverio
Pío Baroja, La busca
Sinesio Delgado, Mi teatro
Pablo Parellada, El Tenorio modernista
Antonio Machado, Soledades, galerías y otros poemas
Manuel Machado, El mal poema     
Ciro Bayo, Lazarillo español            
Azorín, Castilla             
Eugenio Noel, Las capeas y otros escritos antitaurinos
Ramón Pérez de Ayala, Troteras y danzaderas
Carlos Arniches, La señorita de Trévelez
Pedro Muñoz Seca, La venganza de don Mendo
José Gutiérrez Solana, La España negra   
Miguel de Unamuno, Tres novelas ejemplares y un prólogo
Ramón del Valle-Inclán, Luces de bohemia
Eugenio d'Ors, Oceanografía del tedio
Gerardo Diego, Imagen
José Ortega y Gasset, España invertebrada
Ramón Gómez de la Serna, La sagrada cripta de Pombo
Jorge Guillen, Cántico
Wenceslao Fernández Flórez, Relato inmoral
Rafael Alberti, Sobre los ángeles
Pedro Luis de Gálvez, Negro y azul
Vicente Aleixandre, Espadas como labios
Alfonso Camín, El gallo de Mateen
Enrique Jardiel Poncela, Angelina o el honor de un brigadier
Ramón José Sender, El lugar de un hombre
Federico García Lorca, Diván del Tamarit
Arturo Barea, La foria de un rebelde
Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte
Salvador Dalí, Vida secreta de Salvador Dalí
Dámaso Alonso, Hijos de la ira
Vicente Escudero, Mi baile
Miguel Labordeta, Sumido 25
Juan Ramón Jiménez, Animal de fondo
José Ramón Arana, El cura de Almuniaced
César González Ruano, Mi medio siglo se confiesa a medias
Luis Landínez, Los hijos de Máximo Judas
Antonio Díaz-Cañabate, Historia de una tertulia
Juan Antonio Gaya Nuño, El santero de San Saturio
Enrigue Chicote, El misterio de la cabeza parlante
Jesús Fernández Santos, Los bravos
Blas de Otero, Pido la paz y la palabra
José María Iribarren, El porqué de los dichos
Edgar Neville, Producciones García S. A.
Rafael Sánchez Ferlosio, El Jarama
Ignacio Aldecoa, Con el viento solano
Fernando Arrabal, El cementerio de automóviles
Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias
Eduardo Blanco-Amor, La parranda -gallego-
José Ángel Valente, Poemas a Lázaro
Luis Cernuda, Desolación de la quimera
Luis Martín Santos, Tiempo de silencio
Carlos Edmundo de Ory, Los sonetos
Ramón Carnicer, Donde las Hurdes se llaman Cabrera
Miguel Delibes, Cinco horas con Mario
Juan Goytisolo, Señas de identidad
Pedro Gimferrer, Arde el mar
Félix Grande, Blanco spirituals
Manuel Vázquez Montalbán, Una educación sentimental
Tomás Borras, Historillas de Madrid y las cosas en su punto
José María Castellet, Nueve novísimos
Juan Larrea, Versión celeste
Francisco Ayala, El jardín de las delicias
Juan García Hortelano, El gran momento de Mary Tribune
Gonzalo Torrente Ballester, La saga-fuga de J. B.
José Miguel Ullán, Maniluvios
José Vicente Torrente, El país de García
Max Aub, Antología traducida
Sebastián Miranda, Recuerdos y añoranzas
Eduardo Chicharro, Música celestial y otros poemas
José María Álvarez, Museo de cera
Juan Eduardo Cirlot, Poesía
Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo
A. Cunqueiro, Tertulia de boticas y escuela de curanderos
Rubén Caba, Por la ruta serrana del Arcipreste
Fernando Sánchez Dragó, Historia mágica de España
Fernando Savater, Panfleto contra el todo
Ramón Ayerra, Las amables veladas con Cecilia
Eduardo Mendoza, El misterio de la cripta embrujada
Gabino Alejandro Carriedo, Nuevo descompuesto viejo
Juan Benet, Trece fábulas y media
Rafael Cansinos Asséns, La novela de un literato
Carlos Pérez Merinero, El ángel triste
Fernando Quiñones, La canción del pirata
Francisco Umbral, Trilogía de Madrid
Ignacio Prat, Para ti
José María Conget, Comentarios (marginales) a la guerra de las Galias
Antonio Colinas, Noche más allá de la noche
Santiago Ontañón, Unos pocos amigos verdaderos
Luis Landero, Juegos de la edad tardía
Felipe Alfau, Locos
Juan Rof Carballo, Los duendes de El Prado
Manuel Díaz Luis, Las aguas esmaltadas
Manuel Rivas, Los comedores de patatas
Antonio Muñoz Molina, El jinete polaco
Juan Manuel de Prada, Coños
José Manuel Caballero Bonald, Tiempo de guerras perdidas
Jesús Pardo, Autorretrato sin retoques
Rodolfo Gil Bera, Sobre la marcha
Ángela Vallvey, A la caza del último hombre salvaje
Javier Cercas, Soldados de Salamina


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Luego no me digan que no saben qué leer.

viernes, 15 de abril de 2011

Daisy Bell, HAL9000, 2001 y el libro más aburrido del mundo

Jean Guilloud y Martine Bouye fueron los primeros en calcular el primer millón de decimales del número π.

Para ello usaron un ordenador CDC 7600, que estuvo trabajando un día entero.

El logro tuvo su importancia por tratarse de un número y una cifra emblemáticos.
Ya Guilloud había marcado un hito en 1959 calculando las primeros 16.167 decimales usando en este caso un IBM 704.

Este ordenador nos interesa más, porque fue el utilizado para sintetizar el habla por primera vez. Fue programado por John Kelly y Carol Lockbaum con acompañamiento musical programado por Max Mathews, para cantar una famosa canción popular.

La canción elegida fue Daisy Bell.

Y sonaba así:
.

.
Seguramente les sonará porque era la canción que cantaba HAL 9000 al final de 2001, una odisea del espacio.

Así la cantaba el bueno de HAL, tras suplicar perdón:
.

.
Todo esto para contarles que ese primer millón de decimales de π aparecieron publicados en un libro de 400 páginas en 1974.

Seguramente, el libro más aburrido de la historia. ¿Quieren leerlo?

jueves, 14 de abril de 2011

Oratoria electoral

El discurso político se ha hecho mayormente a coz y flato entre apretones de letrina, con la coartada infame de hablar "coloquialmente".

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Se acercan tiempos electorales. Encomiéndense a quien crean que les puede proteger, porque la que nos avecina es de preocupar: mensajes altisonantes, soflamas encendidas, críticas aceradas, insultos velados, requiebros dialécticos… en fin, toda una suerte de vómitos retóricos cuyo objetivo es decir lo menos posible a la par que ocupar el mayor tiempo posible en los medios de comunicación: digitales, analógicos, hertzianos…

Los discursos vacíos pero "eficaces" se van a suceder ad líbitum, y algunos de los tics más extendidos poblarán de nuevo los informativos, tertulias, entrevistas, mítines y demás eventos en los que se reúnan dos o más asistentes.

Les prevengo de algunos:

• El invitado principal de un mítin solo intervendrá cuando tenga la seguridad de que una televisión está en directo informando del evento. Quién no recuerda a Miguel Angel Rodríguez (director de comunicación del PP y más tarde Secretario de Estado de Comunicacion y portavoz del gobierno) apretando el botón que encendía una luz en el estrado para que el orador (normalmente José María Aznar) comenzase con la retahíla de mensajes grandilocuentes; el resto del acto se lo pueden evitar, a menos que quieran tocar al candidato y sopesar la calidad del traje que porta.

• Otra consagración electoral: los pares ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, hombres y mujeres, vascos y vascas, todos y todas… No sólo denunció este artificio Fernando Lázaro Carreter hace más de quince años sino que la propia Academia de la Lengua se refiere al asunto de forma explícita:
Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto.
La mención explícita del femenino se justifica solo cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.
El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones.
Este tipo de expresiones repicarán estas semanas con "monotonía de cigarra canicular". "Una observancia continua y cartujana de tales copulaciones causa ralentización del discurso y tedio mecánico: el femenino se espera como un tac tras el tic del masculino, o al revés, y cansa".

Y, a día de hoy, hay iniciativas realmente sorprendentes porque se sustentan en la adición como agio, como esta que promueve, con el eslógan tú no me nombras, yo no te voto, el voto únicamente a aquellas formaciones que utilicen esta técnica en su discurso.


Ponía D. Fernando otro ejemplo atroz, además del conocido de "a todos y todas los dueños y dueñas de perror y perras": Una actualización mitinera de la invocación hernandiana a los andaluces de Jaén, aceituneros altivos… ¿convertiría los versos en andaluces y andaluzas de Jaén -¿y Jaena?-, aceituneros y aceituneras altivos y altivas?
"Es difícil concebir nada más concejil e iliterario".

• La retórica ciceroniana.  Aquella que consiste en comenzar el discurso diciendo que no se va a hablar de ciertas cosas, que resultan ser después el auténtico centro del discurso. No voy a hablar de los desmanes de fulano, ni de la corrupción de tal municipio, ni de la manipulación de tal otra insitución: voy a hablar de (colóquese aquí alguna de las frases grandilocuentes antes mencionadas). En una forma de decir sin decir. Ingenioso -hace dos mil años-, pero ya manido y exasperante.

• Y relacionada con la anterior, la anáfora. Dice D. Fernando:
Consiste, se sabe bien, en repetir algo al principio de enunciados sucesivos: "No venimos a pediros el voto sólo para conseguir escaños; no venimos a pediros el voto sólo para gobernar; no venimos a pediros el voto para amparar con él nuestros intereses personales. Venimos a pediros el voto para servir a la sociedad, venimos a pediros el voto para hacer más clara y transparente la política española, para limpiarla de podredumbre". Práctica de oratoria pobre, subterfugio para vestir peponas desangeladas.

• La contraria de la anterior: la catáfora, "con la cual se infla de repeticiones al final de las cláusulas: "Nadie podrá poner en peligro nuestra libertad, ni amenazar nuestra libertad, y aún menos arrebatarnos nuestra libertad".

"¿Eficaz? Sin duda. El auditorio, mecido por el valseo, se dispone al voto igual que el toro bien trasteado al estoque. El vaivén es terminal, corajudo, eyaculante, y algo como una centella recorre las vértebras correligionarias provocando delirio: ¿quién osaría birlarnos la libertad?

Son recursos de larga tradición retórica, pero hoy quedan como muy antiguos, y añaden trazos indeseables al encefalograma.".

No les diré a quién tienen que votar o dejar de votar. De eso ya se encargan otros, para pedir el vótame o para pedir el nolesvotes.
Intenten, si pueden, y con la ayuda que estimen oportuna, aunque sea de santos patrones o advocaciones diversas, que no les aplanen el encefalograma.

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Bibliografía:
Oratoria electoral. Fernando Lázaro Carreter. Los fragmentos entrecomillados son textuales de D. Fernando.

martes, 12 de abril de 2011

Corrección mediocre vs. genio abyecto

"En todos los países e idiomas hay infinidad de poetas y narradores de una corrección política y ética sin mácula, pero de mediocridad irremediable, y algunos que aunaron el genio con un pensamiento y conducta absolutamente abyectos.

…una obra "correcta" en todos los sentidos del término sería forzosamente didáctica y, por ello, ajena a la esencial rebeldía artística. Los escritores son seres humanos con diversos grados de nobleza y miseria y en la lista de quienes encarnaron esta última y dieron rienda suelta a los peores instintos de la especie a la que pertenecemos".

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Louis-Ferndinand Céline
Se hacía eco Vargas Llosa en su artículo Los réprobos, de 30 de enero de 2011, de cómo el ministerio de Cultura francés había decidido excluir de la lista de celebraciones nacionales de este año al escritor Louis-Ferdinand Céline.

Según Vargas Llosa "La genialidad artística no es un atenuante del racismo, pero la decisión del Gobierno francés de suspender los actos del cincuentenario de Céline envía un mensaje peligrosamente equivocado".

Y continúa:
La decisión del gobierno francés parece suponer que, para ser reconocido como un buen escritor, hay que escribir también obras buenas y, en última instancia, ser un buen ciudadano y una buena persona. La verdad es que si ese fuera el criterio, apenas un puñado de polígrafos calificaría. Entre ellos hay algunos que responden a ese benigno patrón, pero la inmensa mayoría adolece de las mismas miserias, taras y barbaridades que el común de los seres humanos. Solo en el rubro del antisemitismo -el prejuicio racial o religioso contra los judíos- la lista es tan larga, que habría que excluir del reconocimiento público a una multitud de grandes poetas, dramaturgos y narradores, entre los que figuran Shakespeare, Quevedo, Balzac, Pío Baroja, T. S. Eliot, Claudel, Ezra Pound, E. M. Cioran y muchísimos más.
La literatura no es edificante, ella no muestra la vida tal como debería ser.
Les recomiendo que lean entero el artículo de Vargas Llosa, porque les ayudará a entender el verdadero alcance de la obra de Céline, escritor maldito pero genial.

Pero si hoy traemos a colación a Céline es por el artículo de Juan Goytisolo Mal bicho pero genial, de hoy mismo. Y en él establece la diferencia fundamental entre corrección política y creación literaria, y las implicaciones que ello conlleva.

Francisco de Quevedo
Y pone como ejemplo patrio a Quevedo, del que ya hemos hablado aqui en varias ocasiones.

Dice Goytisolo de él:
El autor de los más bellos sonetos de amor escritos en nuestra lengua y de una obra de la riqueza e inventiva verbal del Buscón era, desde el punto de vista de nuestra ética social y de la honradez exigible a una persona, un perfecto mal bicho.
…sus poemas satíricos y burlescos compendian un vasto muestrario de racismo, antisemitismo, misoginia y homofobia que no perdonan a nadie con excepción de los militares y de los curas de misa y olla.
Buena muestra de ello son
Las burlas de los negros, de los mulatos, de los moros, de las viejas, de las flacas, de las de baja estatura, de sus odiados cristianos nuevos, de los sodomitas, casi siempre italianos, etcétera, ocupan docenas de páginas de su extensa vena satírica.
Gran parte de la obra del "patriotero" Quevedo, en el fondo obecedía a su afán de hacer carrera en la corte y acumular beneficios.

Quevedo y Céline comparten tanto el genio literario como la conducta "rastreta, vil e ignominiosa".
Pero Goytisolo deja claros un apr de puntos al respecto:

En todos los países e idiomas hay infinidad de poetas y narradores de una corrección política y ética sin mácula, pero de mediocridad irremediable, y algunos que aunaron el genio con un pensamiento y conducta absolutamente abyectos.

…una obra "correcta" en todos los sentidos del término sería forzosamente didáctica y, por ello, ajena a la esencial rebeldía artística. Los escritores son seres humanos con diversos grados de nobleza y miseria y en la lista de quienes encarnaron esta última y dieron rienda suelta a los peores instintos de la especie a la que pertenecemos.

Estarán de acuerdo conmigo en que Vargas Llosa y Goytisolo son poco sospechosos de profesar las mismas ideas políticas, pero en el terreno literario están de acuerdo, como lo estaría cualqueira que afronte estos asuntos desde un punto de vista amplio, no restrictivo, no políticamente correcto.

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Bibiografía
• Mario Vargas Llosa: Los réprobos.
• Juan Goytisolo Mal bicho pero genial.
Cien años de Louis-Ferdinand Céline, en ABC Cualtural, 1994
• Sitio dedicado a Louis Ferdinand Céline.
Louis-Ferndinand Céline, por Javier Memba, en El Mundo.
Quevedo en DesEquiLIBROS.
• La imagen de Céline está sacada de Le Petit Célinien.

lunes, 11 de abril de 2011

La maldición de Casandra

Yo tenía razón.
Solo que eso no significa nada.
Y estas son mis ropas chamuscadas.
Y estos, mis trastos de poeta.
Y esta, la mueca de mi rostro.

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Así se lamentaba Casandra, según la versión de Wislawa Szymborska.

Casandra.  Bernard Picart
La maldición de Casandra se remonta a la mitología clásica.
Era hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya. Fue sacerdotisa de Apolo, quien se enamoró de ella.

Para conseguir sus "favores", Apolo le prometió el don de la profecía. Casandra aceptó y accedió al conocimiento de la adivinación; pero cuando llegó el momento de cumplir su parte del trato, rechazó a Apolo.
Imaginamos el enfado del dios que, como venganza, le retiró el don de la persuasión: Ella mantendría el don de adivinar pero nadie creería jamás sus profecías.

Y este es seguramente una de las peores maldiciones que puede sufrir persona alguna, por el grado de sufrimiento y frustración que produce, como ella misma comprobó con sus profecías sobre la ruina de la ciudad de Troya.

Ya sabemos que la mitología griega está llena de leyendas, cuentos tradicionales, historias increibles, personajes heróicos, miserias humanas y dioses veleidosos.

Pero muchos de sus mitos aún permanecen vigentes, como espejo de la condición humana. La maldición de Casandra ha llegado intacta a nuestros días en la versión "ya lo dije", en boca de políticos, gurús, periodistas, agencias, especuladores, contertulios, educadores o petulantes cargados de soberbia o ignorancia.

Todos afirmamos haber estado en posesión de la verdad y haber sido ignorados por culpa de algún tipo de fuerza divina que ha vuelto sordos a cuantos debían escucharnos. Y es que a toro pasado, todos somos adivinos.

Por desgracia, muchos afirman tener el don de la adivinación, pero pocos tienen el don de la persuasión. Y éstos, con demasiada frecuencia, no adivinan nada; solo engañan. Y no sufren.

Solo aquel que realmente padece por la maldición es capaz de hablar así:



Yo tenía razón.
Solo que eso no significa nada.
Y estas son mis ropas chamuscadas.
Y estos, mis trastos de poeta.
Y esta, la mueca de mi rostro.

viernes, 8 de abril de 2011

Cómo insultar a un rey sin que se note

Fue Felipe IV, rey de España, un gran mecenas de las artes. Que le pregunten si no a Velázquez.
Y también fue el monarca al que tocó gestionar la España del Siglo de Oro. Ahí es nada.

Pero un día se topó con Quevedo, quiso estar a su altura y salió trasquilado.

Veamos:

Su "planetaria" majestad quiere poner a prueba el ingenio del poeta y le pide que improvise unos versos.

Comoquiera que el poeta acepta el envite, solicita de su majestad:

- "dadme pie".

(Es la forma de pedir al interlocutor que recite un primer verso, o aluda a algún tema concreto para que el aludido continúe).

Héteme aquí que Felipe IV, seguramente queriendo ser gracioso o ingenioso, le alarga a Quevedo una pierna.

En mala hora, porque la improvisada respuesta de Quevedo estuvo, sin duda, a la altura de lo esperado, sin importarle el rango de su contertulio:

"En semejante postura
dais a entender, señor,
que yo soy el herrador
y vos la cabalgadura"

Y es que hay que tener cuidado a quién reta uno y a qué. Y Quevedo era mucho Quevedo.

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La imagen está sacada de la portada del libro Poesía inédita, Francisco de Quevedo.

martes, 5 de abril de 2011

Isaac Asimov vs. Arthur C. Clarke


Uno de los supervivientes de un accidente aéreo declaró que había podido mantener la calma leyendo una novela de Arthur C. Clarke.

Clarke envió el recorte a Asimov con una nota:

- "Qué pena que no estuviera leyendo una de tus novelas. Habría dormido durante toda la terrible experiencia".

- "Al contario -contestó Asimov. La razón por la que estaba leyendo tu novela era porque si él hubiese estado entre los fallecidos, la muerte le habría llegado como una liberación celestial".


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Isaac Asimov y Athur C. Clarke son, seguramente, los más grandes escritores de ciencia ficción. Con el permiso de Julio Verne que fue, también seguramente, su inventor.

Sus obras no solo tuvieron -tienen- una gran difusión, sino que también han tenido -tienen- una gran repercusión social.

Todo el mundo conoce las tres leyes de la robótica, definidas por Asimov en 1942 en su relato Runaround, en la prehistoria de la robótica; o la antipación que hizo Clarke del uso de los satélites para la tecnología GPS, ya en 1945; también la prehistoria de la carrera espacial. Por poner solo dos ejemplos, quizá los más representativos.

Ambos mantuvieron una cierta "rivalidad" bastante conocida. Y amistosa. Y sus estilos amenos y divulgativos han sido comparados en numerosas ocasiones, hasta el punto de dar lugar a alguna curiosa confusión.

Isaac Asimov

Hoy les traigo dos anécdotas que ponen de manifiesto lo suso dicho:

• Un avión de pasajeros sufrió un accidente en el momento de aterrizar. Solo sobrevivió la mitad de pasaje. Uno de los supervivientes declaró a la prensa que había podido mantener la calma durante los intentos de aterrizaje de emergencia leyendo una novela de Arthur C. Clarke.

Enterado Clarke de tal extremo, fotocopió el recorte del periódico que recogía la noticia y se la envió a todos sus amigos.  A Asimov se la envió con una "cariñosa" frase manuscrita:

- "Qué pena que no estuviera leyendo una de tus novelas. Habría seguido dormido durante toda la terrible experiencia".

La respuesta de Asimov no fue menos "amistosa":

- "Al contario. La razón por la que estaba leyendo tu novela era porque si él hubiese estado entre los fallecidos, la muerte le habría llegado como una liberación celestial".


Arthur C. Clarke
• Como quiera que sus estilos son similares, con frecuencia se han atribuído a Asimov obras de Clarke.
En cierta ocasión, una joven inquirió a Asimov:

- Doctor Asimov: realmente no creo que "El fin de la infancia" (obra de Arthur C. Clarke) esté a la altura del resto de sus obras.

- Bueno -contestó Asimov-; por eso la escribí con seudónimo.


Lean a Issac Asimov y a Arthur C. Clarke si les gusta la ciencia ficción. Y si creen que no les gusta, prueben con ambos. No les desfraudarán. Con el permiso de Julio Verne.



Issac Asimov murió un 6 de abril. De  1992. Arthr C. Clarke falleció el 18 de marzo. De 2008.

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Bibliografía:

Fundación Arthur C. Clarke.
I told you so.
Libros de Arthur C. Clarke en google books.
• Isaac Asimov: El libro de los sucesos.
Isaac Asimov on line.
Libros de Asimov en google books.
• Doval, Gregorio; Anecdotario universal de cabecera. Ediciones del Prado. Madrid 2003
• Los enlaces a wikipedia son simpre los primeros en los resultados. Trabajen un poco ;-).

lunes, 4 de abril de 2011

Doodles literarios (I)

Google lleva ya tiempo cambiando su logo en fechas señaladas; nacimientos, defunciones, acontecimientos, festividades…

Todos esos doodles están disponibles en su propia web.

Hoy os traigo una selección de aquellos que está dedicados a escritores. No todos se publicaron a nivel global, sino que lo fueron únicamente en determinados países donde el personaje es especialmente relevante.

En todo caso, una buena excusa para investigar un poco en algunos perfiles imprencindibles en la hisoria de la literatura, autores de algunas de las obras maestras de su género, de ineludible lectura.

Para esta primera entrega hemos seleccionado los más conocidos y os los mostramos a modo de enumeración, dando por hecho que no es necesario profundizar más. En caso de duda, el nombre de la imagen os dirá de quién se trata.

Pero hay otros muchos, menos famosos, a los que dedicaremos otro post, este vez sí, intentando acercaros un poco más sus peripecias, obras y figuras.

Una buena muestra de ingenio, diseño y fomento de la lectura, todo en uno.














viernes, 1 de abril de 2011

Scott Joplin. Rag Time para "El Golpe"


Tal día como hoy, 1 de abril, pero de 1917 murió Scott Joplin, pianista y compositor norteamericano, precursor e innovador del RagTime y autor, por ser su obra más conocida, de las piezas que se incluyeron en la Banda Sonora de la película "El Golpe".

Su biografía la encontraréis, además de en el enlace anterior, en este apunte: ¿Quién fue en realidad Scott Joplin? en la revista de música clásica OpusMusica.

Hoy le dedicamos un modesto homenaje trayendo su música.

The Easy Winners:




The Entertainer:




Y estos son solo sus, seguramente, dos obras más famosas, pero apuesto a que la mayoría de ustedes desconocían quién era su autor.

Y si saben tocar el piano y se atreven, también les dejo las partituras, que ya son de dominio público. Las tienen completas en pdf ene estos enlaces:
 
• partitura The Easy Winners de Scott Joplin

• partitura The Entertainers de Scott Joplin.




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